miércoles, 26 de agosto de 2009

Un interesante ejemplo de autoincriminación forzada...


La siguiente es una de las tantas historias maravillosas que Eduardo Galeano cuenta en el libro "Patas arriba. La escuela del mundo al revés" (Buenos Aires, Catálogos, 2008, p.49) y resulta un excelente ejemplo de autoincriminación forzada.

Probablemente, los interrogadores del pobre protagonista de ésta historia necesitaban cumplir con la "mera formalidad" de reunir pruebas que respaldaran lo que ya sabían en función de su inexpugnable olfato policial, los resultados, a la vista. En nuestro país contamos con la protección del art. 18 de la Constitución Nacional, que contempla expresamente la prohibición de obligar al imputado a declarar contra sí mismo (como derivación del principio de defensa)... aunque muchos funcionarios policiales y fiscales consideren a la garantía como un molesto obstáculo a la averiguación de la verdad.
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Para la Cátedra de Derecho Penal


En 1986, un diputado mexicano visitó la cárcel de Cerro Hueco, en Chiapas. Allí encontró a un indio tzotzil, que había degollado a su padre y había sido condenado a treinta años de prisión. Pero el diputado descubrió que el difunto padre llevaba tortillas y frijoles, cada mediodía, a su hijo encarcelado.


Aquel preso tzotzil había sido interrogado y juzgado en lengua castellana, que él entendía poco o nada, y con ayuda de una buena paliza había confesado ser el autor de una cosa llamada parricidio.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Cual es el mensage del texto???

Anónimo dijo...

Si no logras entenderlo, dudo que valga la pena explicártelo.